Un buen final

Desde hacía semanas subíamos cada noche a la azotea, era nuestra manera de aislarnos del mundo por un rato. Recuerdo que desde allí veíamos toda la ciudad, pero nadie nos veía a nosotros.

Recuerdo, además, que aquella noche tú me mirabas diferente, distante.

—Puedo sentir que algo no va bien —te dije.

Te llevaste el cigarro a los labios e inhalaste una calada larga y profunda. Después te giraste hacia mí con expresión lúgubre y negaste con la cabeza.

La ciudad estaba completamente vacía y no se escuchaba ningún ruido. Nuestros pies se columpiaban al borde del precipicio de la azotea. Cuando golpeaba la brisa por la espalda, podía sentir el vértigo golpeando a la vez con contundencia en el interior de mi pecho; pero tú estabas tranquila.

Siempre creí que tú no le tenías miedo a nada, excepto a ti misma.

—¿Qué ocurrirá con nosotros? —preguntaste— Me refiero a cuando todo esto termine. ¿Qué será de ti y de mí?

Me pasaste el cigarro con indolencia y lo agarré entre mis dedos.

—Estoy seguro de que nadie nos recordará. Pasarán los años y nadie sabrá nada de nosotros. Todos somos insignificantes para el mundo —respondí, mientras me llevaba el cigarro a los labios—. Pero yo me acordaré de ti. Y tú te acordarás de mí.

—¿Por qué estás tan seguro?

Dudé un instante antes de responder.

—No estoy seguro de nada de lo que digo.

Recuerdo que sonreíste. Supongo que estábamos de acuerdo en algo: de lo único que podemos estar seguros es de que nunca estaremos seguros de nada.

—¿Te imaginas que se acaba el mundo en este momento? Tú y yo mirándonos, sonriendo, mientras la última luz se apaga para siempre.

—Supongo que sería un buen final —sentencié.

Me acariciaste la mejilla, deslizando las yemas de tus dedos por mi piel con sutileza. Trazando una pequeña línea por mi cara que terminó en la barbilla. Hay caminos que uno sabe de memoria por la experiencia de recorrerlos una y otra vez durante una infinidad de momentos. Para ti, ese era uno de ellos.