SEMÁFOROS EN ROJO

Escuché el crujido de su puerta al cerrarse.

Por aquél entonces, todavía continuaba el toque de queda en el país, por lo que estaba prohibido transitar por las calles durante la noche. Me imaginé por un segundo todos los semáforos de la ciudad en rojo, como si de un futuro distópico se tratase. Lo cierto es que no estaba demasiado lejos de la realidad.

Me incorporé y caminé hasta la puerta. Escuché sus pasos al otro lado.

A veces tomamos decisiones completamente irrelevantes que tienen cierta trascendencia para nuestras vidas. Podría pasar que un día decides cruzar de una acera a la otra en el mismo momento en el que un coche pasa a tu lado. La mayoría de las veces eres capaz de percibirlo a tiempo, pero la posibilidad de que ese coche te atropelle existe.

Una de esas decisiones fue abrir la puerta y salir a buscarla.

Me encontré con ella en la escalera. Estaba en penumbra, sentada sobre uno de los peldaños, con un cigarro entre los dedos y la mirada perdida en el horizonte oscuro que se intuía por el cristal del tragaluz.

Me miró sorprendida.

—Hola.

—Hola.

En ese instante estuve cerca de dar media vuelta y volver a mi piso. No sabía demasiado bien qué hacía allí, buscando una frase estúpida para romper el hielo con una desconocida. Una persona de la que únicamente sabía su nombre, tras indagar en los buzones de la entrada.

—Creo que no nos conocemos. Mi nombre es Paula.

—Nos hemos visto varias veces por el edificio —le dije, titubeando— y pensé que era un buen momento para saludarte.

Ella miró su móvil y preguntó, con una leve sonrisa:

—¿Pensaste que a la 1:41 de la madrugada de un martes era un buen momento?

—Creo que es un momento perfecto para conocer a alguien.

—Puede que tengas razón —dijo.

Observé sus ojos e intuí el color marrón rodeando sus pupilas, a pesar de la oscuridad.

—¿Me permites que me siente aquí contigo lo que dura ese cigarro?

—Claro.

Las decisiones que tomamos no tienen un camino de vuelta. A veces elegiríamos volver atrás y no cometer ciertas estupideces, como cruzar esa calle o abrir esa puerta. Lo cierto es que cometemos estupideces todo el rato y asumimos sus consecuencias.

Nos encontramos con personas que tendrán un significado para nosotros con el paso del tiempo y también con otras que nos olvidaremos hasta de su cara.

—Hace tiempo que tengo ganas de hablar contigo —le dije—; te veo pasar casi a diario, con tu cámara de fotos colgando del cuello. Me pregunto qué ves en el mundo para querer fotografiarlo.

Se encogió de hombros, de forma sutil. Pero luego respondió:

—Para mí, la fotografía es una manera de parar el tiempo. Cuando encuentro un lugar que me provoca una emoción la capturo y la guardo para siempre.

Entonces, recuerdo que hice un gesto con mis manos, mirando hacia ella, como si le sacase una fotografía con una cámara imaginaria.

—Guardaré este instante, por si algún día tengo que volver.

Ella sonrió.

Con el paso del tiempo había aprendido a improvisar palabras adecuadas para articular sentimientos en los momentos precisos, como si tratar con personas fuera algo tan mecánico como girar una manivela. A veces creía que se me daba bastante bien hacerlo, tal vez porque el cine y la literatura me habían dado algunas pistas de cómo hacerlo. Pero lo cierto es que pocas veces tenía éxito.

Aquella noche me quedé sin saberlo.

En ocasiones, un beso de despedida en la comisura de los labios o algo tan sutil como una mirada cómplice me convencía de que había funcionado. Otras, un leve gesto de desaprobación me convencía de lo contrario.

Pero aquella noche me quedé con la duda.

Ella se levantó, se despidió amigablemente y se marchó. Me dijo que tal vez volveríamos a hablar. O que tal vez no.

Yo me quedé mirándola, mientras se alejaba.

Al entrar de nuevo en mi piso me acerqué a la ventana. Miré a través del cristal y pensé que tal vez fuera cierto. Quizá durante la noche todos los semáforos de la ciudad estuvieran en rojo.


Fotografía: Jake Gyllenhaal para GQ France