Historia de una despedida

Los altavoces de la estación llamaron por última vez a los pasajeros, cuando solo faltaba un minuto para que los relojes marcaran en punto. En ese instante, ambos se despedían con un abrazo triste.

—Quiero ir contigo —le dijo ella, al separarse.

Él agarró la maleta y la miró fijamente, negando con la cabeza.

—No puedes decirme esto ahora.

—Te necesito —insistió la chica del jersey gris y el collar de perlas—. Y no quiero perderte. Lo único que quiero ahora mismo es subirme a ese tren y marcharme a cualquier lugar.

—Pero tu vida está aquí, en esta ciudad. Yo no soy nada para ti. Pronto me olvidarás. Te lo prometo.

—No es cierto. No dejaré que te vayas solo. Quiero que estemos juntos en esto. Me iré contigo.

El chico desvió la vista a un lado y balbuceó:

—Hay algo que tienes que saber —la miró a los ojos y continuó—. No pensaba decírtelo, porque no quería que me recordaras de esta forma. Pero te he engañado.

Ella esquivó lo que acababa de escuchar.

—No es cierto. Intentas que me lo crea para que no me suba al tren contigo.

Después de que las palabras salieran de su boca, lo examinó detenidamente. En un principio no contempló siquiera la posibilidad de que fuese cierto lo que decía. Hasta que reparó en las peculiaridades de su expresión, que se torcía y se arrugaba hasta evidenciar una culpabilidad que no podría ocultarse de ninguna manera.

Se mantuvo en silencio, encajando las piezas. Todo había saltado por los aires en un instante. Algo se había roto y había dejado de funcionar en algún lugar de su cuerpo joven.

Hasta que sentenció:

—No estás mintiendo.

El bullicio de alrededor había cesado por completo. Todo parecía moverse demasiado lento para ser real. Las sombras de los transeúntes se desdibujaban en las paredes, borrándose con los reflejos de una luz que se terminaba.

Entonces, él dijo:

—Lo siento.

Y, sin más, se dio la vuelta y subió al tren, que ya cerraba sus puertas.

Ella se quedó paralizada en el andén. Sintió en su rostro el aire que levantó el tren al ponerse en marcha y desplazarse hacia el horizonte.

Permaneció allí hasta que lo vio desaparecer entre las montañas.

Lo último que recordaría sería el pensamiento que surgió en su cabeza cuando lo perdió de vista: “tan triste que nunca dejará de doler”.



Fotografía: Scarlett Johansson en Lost in Translation, de Sofia Coppola (2003).


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